En los años veinte, después de la Revolución, el gobierno de México le encargó a un grupo de pintores que contaran la historia del país en los muros de los edificios públicos. Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco —los llamados Tres Grandes— transformaron esa encomienda en uno de los movimientos artísticos más influyentes del siglo XX.
Un siglo después, sus murales siguen ahí. Y a su alrededor ha crecido una escena de arte urbano que hereda el mismo impulso: pintar las calles como acto político, estético y comunitario. Esta ruta une ambas cosas: el muralismo que está en los libros de historia y el que se está pintando ahora mismo.